Siempre se crean visiones espontáneas sobre alguien. Al tener una persona enfrente, independientemente quién sea, se generan puntos de vista, creencias e ideas sobre ella y que la mayoría de las veces, por no decir siempre, distan en exceso de la realidad.
Al mismo tiempo creamos una imagen propia que creemos es la que se genera en la mente de alguien más. Es decir, nos inventamos un punto de vista de alguien más sobre nosotros mismos. Y es que pueden existir tantas imágenes propias como personas conocemos en el mundo.
Eso que vemos de alguien más y que juramos es la realidad, pasa pero con la proyección que uno mismo cree que alguien tiene sobre nosotros. Y no es así. No se controlan las visiones, ideas, que alguien más tiene sobre ti. Sin embargo siempre creemos que sí. Pero ¿Qué sucede cuando ese velo se cae? ¿Qué pasa cuando se rompe esa ilusión, cuando esa imagen propia que creemos proyectar sobre otros se transforma repentinamente? Aparece la desilusión.
No es difícil, es algo común, pero aturde. No porque necesariamente sea algo negativo. Sino porque simplemente rompe con esa idea control que creíamos tener sobre las cosas, idea que es falaz. Tal control no existe, pero a nadie le gusta saberse sin ese poder.
Al menos existe una idea de nosotros en la mente de alguien, por distante a la realidad que fuese es mejor eso a que simplemente no exista nada.